Anoche tuve un sueño.

9:00 a.m

Anoche tuve un sueño de lo más extraño…

Me encontraba en la posición en la que ahora escribo. No era ni de día ni de noche. Todo se parecía a cómo está ahora… excepto por la luz. En medio de esa incertidumbre noté una música muy lejana, proveniente del exterior. Dada su lejanía se trataba de una música prácticamente indistinguible, una música que se fundía con la atmósfera de la noche. En cierto momento este sonido se abrió hueco entre el murmuro nocturno, instante en el que me levanté de la cama y comencé a caminar, siguiéndolo. Salí al exterior y a medida que caminaba la música cobraba forma.

El exterior no era como el que ahora, ya despierto, observo desde la ventana. En el sueño el espacio estaba formado por un edificio en el que estaría la habitación (mi habitación) de la cual salí y, al fondo, oculto tras una niebla ligeramente densa presentí una forma arquitectónica de proporciones fantásticas. Estas dos construcciones venían separadas por un largo y ancho camino de piedra. Era un camino que no pertenecía a ese espacio, ni a ese tiempo.

Yo seguía caminando en línea recta. Parecía que el camino no concluía. Yo andaba y notaba como me acercaba a esta impresionante construcción, pero cada vez que alzaba la vista la veía a la misma distancia, lejana. A medida que sentía que me acercaba la música se hacía cada vez más y más presente. Comencé a distinguir acordes, instrumentos e incluso, un tempo. Yo seguía caminando con una intensa sensación de impotencia por no llegar nunca a ese misterioso destino cuando, de repente, me encontré frente a su majestuosa puerta.

Antes de entrar mire hacia atrás y vi unas figuras a lo lejos. La niebla desapareció, pero aún así la distancia me imposibilitaba ver los rostros de esas figuras. Ahora despierto tengo la certeza de que estos hombres y mujeres misteriosas eran mis antiguos compañeros de Madrid, que se acercaban a mi lenta y silenciosamente.

Sin llamar a la puerta, entré. Lo primero que hice fue observar minuciosamente el espacio de este misterioso lugar, la disposición y la decoración del mismo. Constaba de un pequeño hall con un suelo de líneas blancas y negras en forma de zig zag, paredes de cortinas rojas y, al frente, un pequeño mostrador cubierto por formica verde. El mostrador estaba vacío y tras este había una enorme cortina, también roja, que se movía ligeramente, como si alguien hubiera pasado por ella hace unos segundos.

A pesar de la austeridad del espacio yo seguía ensimismado, observándolo y estudiando, intentando comprender a que se debía esa sensación de familiaridad. Era como si ya hubiera estado ahí con anterioridad, como si hubiera nacido y me hubieran criado en esa misma instalación.

Al retirar mis ojos del mostrador, dando ahora el primer paso dentro de este lugar, el conjunto musical cesó y llegue a distinguir un solo de fagot en clave de Do y en compás de 4/4. Era el solo con el que comienza La Consagración de la Primavera. Entendí que el fagot provenía de detrás de la cortina que seguía moviéndose, ahora más escandalosamente, y me dispuse a atravesarla. Tras unos segundos protagonizados por un intenso deslumbramiento observé un teatro, con sus butacas fielmente distribuidas y su inmenso escenario especialmente centrado.

El salón estaba vacío, excepto por una silueta en el centro del propio escenario. Era Stravinsky que, acompañado por un piano interpretaba él mismo el solo de fagot inicial. Ahora el salón estaba lleno, tanto las butacas como el escenario y la función comenzó.

Tras unos tiempo la figura de Stravinsky pasó entre los músicos, la audiencia y salió de la instalación. Su piano iba junto a él, flotando, mientras sonaba la melodía antes mencionada. La mitad de la multitud le seguía enfurecida, mientras que la otra mitad permaneció sentada y escuchando la función.

Ahora me encontraba de nuevo en mi habitación, observando por la ventana. El exterior era diferente ahora. Había una orilla de piedra y un rio cuyo final no vislumbraba. Stravinsky se acercaba por la orilla, dirección al río y seguido por los furiosos personajes que salían del teatro. Estos iban ahora más rápido.

Stravinsky se hundió en el río, y con el los seguidores. Sentí el agua acariciando mi cuerpo y me desperté bañado en sudor.”

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